UNA EXPOSICIÓN MUESTRA ALGUNAS DE LAS NOVEDOSAS
CARACTERÍSTICAS PROPIAS DE LA IMPRESIÓN EN TRES DIMENSIONES
Sergio C. Fanjul
Madrid
En el futuro tal vez todos tengamos en
nuestra casa una máquina con la que fabricar todo aquello que necesitemos, será
una nueva revolución industrial que cambiará completamente los modos de
producción, según auguran los miembros del movimiento maker (hacedor). “Aunque
más bien habría que llamarla una contrarrevolución, porque cuestiona los
principios de la industrial”, explica Carmen Baselga, comisaria junto a Héctor
Serrano, de la exposición 3D. Imprimir el mundo, dedicada la impresión en tres
dimensiones, que se puede ver en el Espacio Fundación Telefónica (Fuencarral,
3) hasta el próximo 22 de octubre.
En efecto, en la exposición se muestran
algunas de las novedosas características propias de este tipo de producción:
una sola máquina puede crear multitud de cosas, no genera residuos, permite la
producción bajo demanda, fabricar cosas más complejas no incrementa los costes,
no requiere habilidades manuales ni necesita ensamblar piezas (por ejemplo,
puede fabricar un juego de muñecas rusas o una cadena de una sola vez, sin
necesidad de un montaje posterior), etc. “Además es una cultura que hoy por hoy
se construye de abajo hacia arriba, los diseños de muchos objetos digitales se
encuentran en plataformas abierta y colaborativas”, dice Baselga, “con esta
tecnología la relación de la sociedad y el individuo con los objetos va a
cambiar”.
La exposición muestra ejemplos de la
utilización de esta tecnología en numerosos ámbitos de la vida: del arte a la
medicina, de la arquitectura a la moda. Por ejemplo, en la escuela El Turó de
Montcada i Reixac (Barcelona) los alumnos de sexto curso fabricaron una mano
para su compañera Marian Sabar, que nació sin mano derecha. Con la nueva prótesis
su vida es más sencilla: puede coger objetos o abrocharse la chaqueta.
El Proyecto Egg, es la mayor obra de arte
impresa en 3D hasta ahora. Para su realización el diseñador holandés Michiel
Van der Kley coordinó a cerca de 5.000 personas: cada una imprimió una pieza
para construir una gran huevo. La diseñadora israelí Danit Peleg triunfa
imprimiendo sus diseños en 3D. Los activistas Al-Badri y Nelles escanearon
furtivamente la cabeza de Nefertiti en un museo berlinés y la reprodujeron con
una impresora. Querían “revaluar críticamente las condiciones del busto y
superar la idea colonial de que se conserve en Alemania”.
En Madrid el 3D también se desarrolla: en la
Universidad Carlos III, los investigadores imprimen piel humana “totalmente
funcional” que podría usarse, abaratando costes, en quemados graves y en
pruebas de cosméticos. Y en Alcobendas, en el Parque de Castilla-La Mancha,
Acciona y el Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña han hecho lo propio
con un puente, el primero peatonal del mundo realizado con tecnología 3D, en
hormigón microperforado con partículas de fibra de vidrio. Ya se imprime
tridimensionalmente hasta la comida, como también se muestra en la exposición.
En el lado más peligroso del fenómeno se
muestra cómo con impresoras 3D se pueden fabricar pistolas indetectables por
los detectores de metales y que se pueden colar con facilidad en cualquier
lugar prohibido.
Entonces, ¿fabricaremos en el futuro todas
nuestras cosas en casa? “Es posible, aunque lo más probable es que vayamos a
fabricarlas en fablabs donde dispongan de todos los materiales necesarios”,
dice la comisaria. En definitiva: como hacemos ahora cuando vamos a la
reprografía con el pendrive para que nos impriman unos papeles. Solo que nos
imprimirán gafas de sol. O armas.
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